'nulla vita sine musica'


hacer del caos un arte

7 de marzo de 2015

Hay veranos de febrero.

Rondaba el año 1970. El ambiente poco cálido por las ciudades y cada vez menos por los pueblos.
Las relaciones se enfriaban, los trabajos se alargaban, la represión no acababa y el amor pasaba a los segundos planos de los ciudadanos. Hasta entonces.
Se conocieron como quien conoce por primera vez el verano; maravillándose por su encuentro. Deseando que los días pasasen para saberse más, pero lentos. Alargándose la puesta de Sol, e incluso algunos días, deseaban que se alargase el amanecer, que las noches no fueran finitas, que el calor que no sólo los días de verano producían, se mantuviese entre ellos y sus calles más frecuentadas de Madrid.
Eran sus calles, sus bares, sus moteles. Sus puentes donde jugaban a morir juntos, aterrorizados con la idea de hacerlo por separado.
Pero no era verano, no era Nueva York y muchísimo menos eran libres. No eran maravillosos ciudadanos sin cargas ni responsabilidades.
Los encuentros pasaron a ser de noche, en puentes, sin bares, sin calles transitadas, sin ganas y con cansancio. Los encuentros pasaron a no ser. Pasaron a escribirse semanalmente y bonito, en prosa pura y bonita.
Los escritos pasaron a no ser semanalmente y apenas bonitos. Los escritos pasaron a no ser. El verano — que realmente no lo era — dio paso, como todos, a el otoño. No al neoyorquino, no al de París, ni muchísimo menos a un otoño veneciano. A un otoño frívolo y doloroso.
Trabajar, trabajar, pagar, fantasear con vivir, extrañar el verano.
El verano en el que una sonrisa les alegraba las noches, les iluminaba los días y les despertaba la mañanas... El verano tan efímero como un fin de semana, que en su cabeza fueron años, y juraban conocerse como si realmente hubiesen pasado. Y así era.
Pero cómo no iba a llegar de nuevo el verano... Cómo iban a pasar su vida separados, cómo no iban a guardar las cartas que generaron el soplo de aire fresco de tantos infernales días, cómo no iban a llorar cada vez que pasaban por sus bares, sus calles, sus moteles.
Intelectuales de la época aseguraban que no eran años de bonanza, no veían ni un mísero descanso quizá económico o incluso social.
Y probablemente ellos tampoco lo veían hasta que se reencontraron; porque el asesino, dicen, que siempre vuelve al lugar del crimen. No sólo se produjo un asesinato, si no, un completo robo de la razón. Conocerse les llevó a la locura, pero desconocerse les llevó a la pérdida de la razón de ser. Eran seres que si no eran juntos, no eran. Vaya qué si no eran. Por eso se reencontraron sin causa, por eso una armonía preestablecida los reencontró. Madrid y yo, fiel narradora, lo sabemos.
Necesitaban sus trabajos y sus casas. Pero no eran satisfactorios. No eran hogares. Hasta que se dieron cuenta de que su hogar, no era una casa, no era un sofá, eran sus calles de Madrid, sus moteles... Su calor veraniego en febrero.

Auto-proclamación de musa.

las musas antiguamente seguían cánones de belleza, eran educadas y modestas
ahora nos sabemos guapas, descaradas y muy mal peinadas. envalentonadas, caprichosas y desde luego melancólicas. Fumadoras, revolucionarias y muy propias del Hades
las musas ahora escribimos mal y lo sabemos. escuchamos Russian red y nos cagamos en Dios los días de Sol.
llorar lo hacemos como todo, mal. y como todo lo que hacemos mal, lo hacemos mucho.

Las musas somos incondicionalmente fieles a nuestro desorden, al arte y a nuestra puta cama.